miércoles, febrero 14, 2007

SECUESTRO INSTITUCIONAL


Ninguna institución creará una estructura para ir en contra de sí misma. Bajo esta deducción es necesario plantearse la paradoja histórica que representa el Museo de arte contemporáneo en si. La connotación institucional en la cual se gesta la exhibición, difusión y en menor medida, la producción de arte contemporáneo, con el museo como último baluarte, genera indiscutiblemente la contradicción hacia la libertad del papel crítico que el mismo pueda tener en el seno de estas anacrónicas instituciones.

El vinculo espacio-tiempo que supone la exhibición artística en el Museo, el fenómeno perceptivo en torno a la obra de arte como resultado de la cualidad atemporal y neutra del espacio expositivo, objeto de estudio recurrente, es por demás trascendental para entender la manera en que se concibe el arte contemporáneo. Sin embargo esta característica es residual y fortuita en gran medida cuando la exposición como fin último del arte se da institucionalmente, forjando exclusivamente un imaginario de formalización. El contexto en este caso sirve para validar la creación artística. Sin museo, y más aun, sin institución no hay arte. Esta es la máxima premisa esencialista que ha impregnado el arte contemporáneo.

El museo propone una exhuberancia arquitectónica de extrema promoción mediática que presupone la masificacion del arte contemporáneo. Queda esto en entredicho como propósito puramente cultural y más bien económico-turístico, con exposiciones de nulo carácter artístico como motocicletas y ropa en el Guggenheim de Bilbao[1]. Con exposiciones de carácter mediático comercial como estas tan solo se logra la pervertizacion de la cultura como mero objeto de entretenimiento, convirtiéndola en ocio. La cultura toma un carácter de espectáculo encuartelada en el turismo.


[1] Guggenheim Musum Bilbao. “Exposición Giorgio Armani” 2000-2001. “The art of the motorcycles” 1998.

CURIOSIDAD & MEMORIA


Reflexiones a partir de la percepción de la exposición efímera.





Es necesario entender el termino curiosidad, lo mas cercano posible a su origen etimológico “studium exspectatio/nis visenda”. Se podrá hacer de tal suerte la siguiente deducción: la curiosidad supone una voluntad. Al menos en teoría o inconcientemente al hecho de mirar con interés un acontecer, se le puede achacar un trasfondo de velado afán. La curiosidad lleva tras de si un deseo, un interés en descubrir o aprender algo. Por otro lado la connotación mayormente asociada a la curiosidad es de tinte superficial. Esto es en gran medida acertado cuando nos percatamos de los temas de atención recurrentes en la cultura popular, generalmente superfluos. Este fenómeno es altamente explotado por los medios de producción y comunicación para incitar al consumo de productos y cultura generalmente de nulo interés. Dado que es el punto de partida de la atención en torno a una manifestación humana.

Es en base a este impulso casi espontáneo de interés, que se gestan muchos de los sucesos humanos de índole creador. Y es a su vez que a través de este que se desvirtúa dicha voluntad. En un fiel reflejo de la contrastante naturaleza humana. Es sin embargo en esta primera característica de la curiosidad que quiero abundar. De aquel deseo o afán por querer descubrir algo en torno a una expectativa. Aquel deseo al que apela Velásquez en su cuadro “Meninas” y su solicito ejercicio de profunda percepción.

Por otro lado, las exposiciones temporales tienen como premisa el cautivar de manera casi inmediata a un público potencial en base a su poder de atracción. De ahí que sean recurrentes estrategias pertenecientes a la psicología de mercado en lugares tan inverosímiles como los centros de arte y museos de arte contemporáneo, asegurando a posteriori el éxito de concurrencia.


Dichas exposiciones temporales de índole mediático-comercial, las cuales utilizan el marco de la institución a fin de formalizar aquel imaginario colectivo de validación artística, convierten usualmente al arte en producto de entretenimiento y consumo. Desvirtuando la cultura en torno a propósitos exclusivamente económico-turísticos transformándola en ocio. Siendo en mi opinión, mas propicias de interés aquellas exposiciones efímeras de carácter exclusivamente cultural.

De esta gama de recursos expositivos que están llamados a despertar interés, son aquellos cuya naturaleza requiere una profundidad de percepción, que dejan un registro más fuerte. Y es que la memoria trabaja de manera emotiva y no lineal sino fragmentada. Tal como explica Chris Marker es a través del acto creador que se marca una impronta emocional mas profunda en el ser, “yo hago cine para recordar”[1]. Esto da pie a deducir que es entonces papel del creador comprometido, el consagrar esfuerzo entorno a la obra expositiva a fin de otorgar al espectador o publico asistente una experiencia similar a la experimentada a partir de su creación.

A su vez el arte contemporáneo se encuentra bañado en un oscurantismo elitista que sanciona a aquellos sin referencias. Y la libertad de creación vinculada a la satisfacción del acto creador pasa por innumerables filtros de supuesta aprobación. Relegando de esta cualidad de la naturaleza humana tan esencial a una gran mayoría. Por lo cual cabe especular en torno a aquella obra de Bruce Nauman “The True Artist Helps the World by Revealing Mystic Truths”[2]. Si bien dicha obra es por si misma un posicionamiento polémico y hasta ingenuo, es indudable que la contundencia de dicho argumento lleva consigo una reflexión pertinente. Y es que el arte supone involucrarse con la realidad y cuestionarla posteriormente. Librándolo de ese velo místico que lo acompaña históricamente.

Aquello digno de memoria, “memorieoe alquid mandare”, sin embargo, corresponde a su vez a una elección. Es decir, una selección habitualmente inconciente que toca nuestros sentidos e impregna nuestro cerebro en mayor o menor medida. Esta otra voluntad de recuerdo va en sincronía normalmente con aquel primer impulso de interés. Y dependerá además de factores personales, de la eficacia del montaje narrativo, para qué dicha huella cognitiva supere la fase de un nivel de percepción superficial y su ulterior nula asimilación del discurso expuesto.

En relación a la memoria como recurso creador, es también a través de la paternidad del recuerdo que se forja un impulso productor. Luís Barragán nos dice “la poesía es recuerdo puesto en escena”[3]. Andrei Tarkovsky lo pone de manifiesto magistralmente en su magna obra Zerkalo. Por lo tanto podemos deducir que una forma justa de explotar estos impulsos: curiosidad-percepción-memoria, en torno al proceso expositivo al servicio de una manifestación cultural, generara por consiguiente un potencial creativo.



[1] Chis Marker. Sans solei. 1983

[2] Bruce Nauman. Ensayo artístico en tubos de neon 59x55x2 pulgadas 1967.

[3] La revolución callada. Archivo de Luis Barragán, exhibición del Vitra Design Museum